-El autoexilio es ridículo e infructuoso cuando no se es un perseguido político, ni revolucionario, ni nada. Más parece cobardía. ¡Lloro sangre por eso! Mi padre también se fue del país pero por defender sus ideales. Nosotros… ya no importa… ¡Nos vamos!... Primero Dios todo sale bien.
-¿Primero Dios Margarita?... Aunque Dios no vaya de primero, ¡Nos Vamos!
-No blasfemés Mario, no blasfemés.
-¡¿Blasfemar?! No te preocupés Margarita. Si Dios no nos escucha las oraciones, tampoco escucha las blasfemias. ¡¿Y no que él es justo pues?! Entonces ni unas, ni otras.
-Con vos no se puede.
Mario sumergido entre los papeles, tomó el último sorbo de café ya frío y más amargo que de costumbre, mientras Margarita continuaba seleccionando la ropa mas adecuada para el viaje. Sentían frío. Pero no por fuera sino por dentro. El ambiente era sombrío, lúgubre, tenso, desgraciado. Margarita no dejaba de pensar en sus hijos y le pedía a Dios que hubieran llegado bien. Se decidió por fin a cocinar unos huevos y mientras se dirigía a la estufa preguntó con energía:
-¿Ya no recibiste más llamadas telefónicas verdad?
Mario sonrío burlonamente:
-¡Sos necia Margarita! Ya te dije que si así hubiera sido te lo habría contado enseguida.
Margarita suspiro de alivio. Preparó los huevos revueltos, sirvió más café y abrió una nueva cajetilla de cigarros:
-¿Querés? –Dijo mientras mostraba la cajetilla-
-Gracias. –Respondió Mario mientras terminaba de ordenar los documentos. Observó por un momento la mesa, que al igual que la estufa, no tuvieron tiempo de vender.
Mientras estaban cenando, Margarita percibió que las manos de Mario temblaban incontrolables. El motivo era obvio: Habían continuado las extorsiones y amenazas aquella tarde, pero no quiso decir que lo había descubierto para no inquietarlo más y porque se sintió indiferente ante aquella situación. Justificando su indiferencia, pensaba en la frase de Manuel José Arce: “El horror, como las drogas, crea tolerancia en el organismo social, a fuerza de repetirse, se neutraliza”.
Se acostaron pero ninguno de los dos pudo dormir aquella noche.
No se puede dormir cuando uno va a dejar la patria por salvar la vida. Salvarla de la maldita avaricia de los que extorsionan y de los que exprimen Guatemala desde sus corruptos e impunes cargos públicos. Maldita avaricia también la de los poderosos caninos que manipulan el sistema haciéndolo cada vez más injusto.
-¿Primero Dios Margarita?... Aunque Dios no vaya de primero, ¡Nos Vamos!
-No blasfemés Mario, no blasfemés.
-¡¿Blasfemar?! No te preocupés Margarita. Si Dios no nos escucha las oraciones, tampoco escucha las blasfemias. ¡¿Y no que él es justo pues?! Entonces ni unas, ni otras.
-Con vos no se puede.
Mario sumergido entre los papeles, tomó el último sorbo de café ya frío y más amargo que de costumbre, mientras Margarita continuaba seleccionando la ropa mas adecuada para el viaje. Sentían frío. Pero no por fuera sino por dentro. El ambiente era sombrío, lúgubre, tenso, desgraciado. Margarita no dejaba de pensar en sus hijos y le pedía a Dios que hubieran llegado bien. Se decidió por fin a cocinar unos huevos y mientras se dirigía a la estufa preguntó con energía:
-¿Ya no recibiste más llamadas telefónicas verdad?
Mario sonrío burlonamente:
-¡Sos necia Margarita! Ya te dije que si así hubiera sido te lo habría contado enseguida.
Margarita suspiro de alivio. Preparó los huevos revueltos, sirvió más café y abrió una nueva cajetilla de cigarros:
-¿Querés? –Dijo mientras mostraba la cajetilla-
-Gracias. –Respondió Mario mientras terminaba de ordenar los documentos. Observó por un momento la mesa, que al igual que la estufa, no tuvieron tiempo de vender.
Mientras estaban cenando, Margarita percibió que las manos de Mario temblaban incontrolables. El motivo era obvio: Habían continuado las extorsiones y amenazas aquella tarde, pero no quiso decir que lo había descubierto para no inquietarlo más y porque se sintió indiferente ante aquella situación. Justificando su indiferencia, pensaba en la frase de Manuel José Arce: “El horror, como las drogas, crea tolerancia en el organismo social, a fuerza de repetirse, se neutraliza”.
Se acostaron pero ninguno de los dos pudo dormir aquella noche.
No se puede dormir cuando uno va a dejar la patria por salvar la vida. Salvarla de la maldita avaricia de los que extorsionan y de los que exprimen Guatemala desde sus corruptos e impunes cargos públicos. Maldita avaricia también la de los poderosos caninos que manipulan el sistema haciéndolo cada vez más injusto.
Margarita recordó su fiesta de quince años y vió de nuevo a los marimberos tocando solemnemente aquella canción que retumbaba en su cabeza. Mario sintió por un momento un delicioso sabor a tamal, que le hizo agua la boca.
This entry was posted
on martes 9 de diciembre de 2008
at 7:45 AM
and is filed under
Actualidad,
Mi Guatemala,
Política,
PUROS CUENTOS
. You can follow any responses to this entry through the
comments feed
.
